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toda la puta vida igual (esto es un cuento)


Plácido buscó en los timbres el 4ºC, la señora le dijo sí y después se disculpó, o más o menos, porque al de la tienda omitió decirle que su bloque carecía de ascensor. Seis tramos de escaleras y dos rellanos, ese Hillary era un maricón neozelandés, empujando una nevera se hubiese plegado en la Subida Cuéllar.

La clienta salía a las cuatro para ir a trabajar, eran las tres y media y Plácido llevaba sin comer desde el carajillo de las siete, un día en el que se te echa la tarde sin comer es imposible que sea perfecto, está cantado que en algún momento la pifia, el cronista no es neurólogo pero intuye que el ayuno de tortilla provoca un exceso de iones negativos en el sistema límbico, o quizá sea en otro sistema y los iones sean positivos, va a ser igual, el asunto es que Plácido sintió un chasquido en la cabeza cuando, al salir del portál cargando con el frigorífico viejo, se encontró el coche de la municipal junto a la furgoneta en doble fila y al agente más alto desdoblando la libreta.

Partamos de la base de que los policías municipales no saben discutir, no están abiertos al diáolgo y se bloquean enseguida. Por parte de Plácido la bronca se limitó a un sólido discurso pleno de ironías, bisílabos oxítanos dirigidos al alcalde, invocaciones marianas y el verbo joder conjugado en participio. Llegó al apoteosis con unas arriesgadas especulaciones referidas a la capacidad sexual de los agentes y una meditada batería de preguntas,  incidiendo especialmente en la de si acudirían con la misma presteza a poner una multa a la presidenta de la Comunidad Autónoma en su portal. 

Por lo que respecta a las fuerzas del orden, el munipa de las barbas, que vino a ser el más sensible, se puso a sacarle faltas a un asunto tan fuera de contexto como dibujo de las ruedas. La denuncia pormenorizaba todo el párrafo anterior mas resistencia a la autoridad, alteración del orden y una bulla acojonante, aunque esto último por escrito no se expresaba exactamente así.

Tres meses después, Plácido aguarda a que digan su nombre en la puerta del juzgado número 6, aunque el cartel que le pide que apague el móvil está muy desactualizado (un Nokia modelo mil y pico) él obedece. Tras mucha espera pasa a una sala que tiene todos los fluorescentes encendidos, un vídeo VHS y un micrófono por el que dan ganas de arrancarse por Camarón. Al fondo dos banderas y una mesa larga por la que asoman los bustos de media docena de personas vestidas de negro entre Darth Vader y el mounstro Triki. Dos de ellas se muestran relativamente amables e incluso le sonríen, otras dos permanecen inmóviles, como en pleno éxtasis. Las dos que quedan hacen pinta de ser más bordes que Calígula cuando pierde el Lazio.

A Plácido no le permiten explicarse, él pretendía hablarles del año que estuvo en dique seco, de que el banco le redujo el hígado a la mitad, pero le atajan antes de que haga la primera coma. Plácido va sin afeitar, tiene un aire de asaltar diligencias en Sierra Morena y la camiseta de La Polla Records no le ayuda. Luego entran los polis, recitan su parte y enseguida se piran a desviar el tráfico. En el Arrabal petó una tubería y ahora el parque del Tío Jorge parece Yellowstone.

Plácido se queda ahí, tieso en el banco de madera y mirando fijo el retrato del rey hasta que se le emborrona, es como si Juan Carlos hiciera el moonwalker.

La multa está cantada, falta aún que le digan los centímetros que le penetrarán, él lo intenta de nuevo, pero mirando ahora a la suseñoría del medio que parece ser quien manda. Quiere contarle que ya lleva mucho tiempo pasándolas color grana, pero su señoría no levanta la vista, continúa meneando papelotes como si buscase la factura del teléfono de una hija suya que tiene el novio en las Aleutianas. La que está a su derecha dirige a Plácido una mirada de gorgona y hace chisst sin molestarse siquiera en usar el dedo. Le recuerda que sólo debe hablar cuando proceda, algo obvio porque él precisamente estaba procediendo.

Es entonces cuando a Plácido le vienen de golpe a la cabeza los seis euros que tendrá que apoquinar en el parking, luego que el segurata de la entrada le ha hecho quitarse la correa porque el arco pitaba como un travesti loco. Recuerda que, además de haber perdido la mañana, se ha pasado casi tres horas en un pasillo entre dos clanes enemigos de gitanos. Él ha sido puntual como Phileas Fogg pero la vista anterior se prolongó más de lo habitual, parece ser que estaban juzgando al que mató a Kennedy.

Además esa tarde tiene que llevar una lavadora a Bujaraloz, el sol de julio se ha solidarizado con el pueblo saharaui y encima se va a perder el amistoso España-Papúa. Lo peor es que le ha parecido oir algo de retirada de carné, súmale que a su señora la despiden de la contrata de limpiezas y que ayer la niña le vino llorando porque su jefe de la sección de embutidos la llamó tontadelculo.

Hoy tampoco va a ser un buen día, también está cantado, aunque allí dentro, amparados por la Carta Magna, que tiene nombre de helado de Frigo, parecen ignorar todas las miserias.

Plácido se siente más sólo que Gary Cooper, y sin pistolas, le hierve de nuevo el hipotálamo y se sulfura como un chimpancé al que putean escondiéndole la banana. Echa cuentas de las lavadoras que le va costar pagar la multa, de lo que le queda para pasar el mes. Calcula el pastón que debe cobrar esa peña que lo tiene ahí, de pie, respondiendo a preguntas de las que ya saben la respuesta, y repara en que el aire acondicionado funciona a toda piña. Si se quitasen la toga estarían más frescos, se dice para sí, porque el caso es que es él quien paga la factura. En su piso de sesenta metros hace más calor que en una fábrica de magdalenas y sólo tienen un ventilador.

Luego piensa en que desde que terminó la efepeuno nadie le había vuelto a mandar que se callase.

Así que a Plácido se le cruza la vena cava con la tiroidea, carraspea un poco y se lía de decir cosas. Primero suelta un par, que son las que más le urgen, decide entonces que si le van a cortar los huevos que al menos lo capen habiéndose explayado. Entra al tema de los sueldos, llama cabrones a los que jamás pagan por enormes que hagan los chandríos, añade que lamenta no ser duque de Palma y dice después no sé qué de las prebendas, que ni sabe qué son ni cómo se escriben pero se lo ha oído en la SER a Iñaki Gabilondo.

La bronca y las amenazas de la jueza, que ahora sí se degañita, aún le ponen más farruco, el follón ya se percibe desde los ascensores, la máquina de café se ha atascado de la angustia y el bajorelieve de la justicia se quita la venda para ver qué coño está pasando, a cuento de qué la han despertado de la siesta.

Dentro de la sala, Plácido levanta el dedo tal como hace Lénin en una foto en blanco y negro, sin la venia ni hostias profetiza solemnemente ante el tribunal que muchas cosas están a punto de cambiar, y mientras lo desalojan tiene aún tiempo de dirigirse al ministerio fiscal -o quien sea la gorda de las gafas- y recordarle el artículo sexto de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano.

Apoyado en el radiador del pasillo, un senegalés contempla alejarse al esposado y pataleante Plácido, mira de reojo al par de polis que cuidan de él.

-Toda la puta vida igual –les dice- en wolof. 

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Artículo 6.- La ley es la expresión de la voluntad general. Todos los ciudadanos tienen derecho a contribuir a su elaboración, personalmente o por medio de sus representantes. Debe ser la misma para todos, ya sea que proteja o que sancione. Como todos los ciudadanos son iguales ante ella, todos son igualmente admisibles en toda dignidad, cargo o empleo públicos, según sus capacidades y sin otra distinción que la de sus virtudes y sus talentos.


Felipe aparca el socialismo para hacerse conejero.

-¡Usté, señor José! ¿Sabe qué coñe es lo que hace un consejero?

-¿Un conejero? ¡Pues qué va a hacer? Criar conejos, ¿o es que no?

-Eso –apunta Ramón mientras seca la barra con la misma bayeta de hace seis meses- es un cunicultor, y lo que Manolo dice es otra cosa –añade subiéndose los pantalones.

Manolo no responde, se queda callado para que el resabido del Ramón no se vaya a imaginar ni por un momento que la palabra se le hace rara. El Ramón, antes de tener el bar, era viajante de artículos de ferretería, después palmó su suegro y con lo que sacaron de las tierras que tenía por donde iba a pasar el AVE, montaron el bar. Su mujer es funcionaria en la degeá en Huesca y ha estudiado, debe haber sido ella quien le ha enseñado lo del cunicultor.

-No hombre, no es eso – dice después con un suspiro que le venía desde hacía rato trepando por la barriga-. Aquí lo que dicen es que Felipe González va a ser "consejero", consejero independiente -puntuzaliza.

-Eso pues es que no va a depender de nadie – afirma el señor José para que todos vean que entiende de estos temas.

-¿Pero el Felipe seguirá siendo socialista? –pregunta un anónimo desde el fondo del bar soplando hasta hacer olas en la superficie del carajillo.

Manolo se encoge de hombros transmitiendo un “vete a saber”, fija la vista en el titular hasta que se le emborrona recordando cuando le fueron a ver a un mitin en la plaza de toros de Zaragoza. Fue por su cuñado, que era sindicalista de la ugeté de la construcción, hasta que el marido de una prima hermana, uno que es ingeniero, lo metió en la Opel. Al poco, no preguntes porqué, le hicieron encargado. Por cierto que la hija se le casa en Junio, se van de viaje a las Molucas, que según él son unas islas que están pegadas a Cuba pero con mejores hoteles.

-Ninguno de aquellos sigue siendo socialista –Ramón categoriza mientras escurre la bayeta sobre las croquetas que tiene expuestas desde ayer-. Y óyeme lo que te digo; a los que de verdad son decentes se los quitan de en medio pa que no jodan el sistema o les untan pasta hasta que tragan.

Todos parecen asentir, no le debe faltar razón al Ramón, ¿pues no dicen que a Kénedi se lo cargaron los mismos del gobierno?

-Al hermano de mi padre lo mataron –dice de repente Don José mientras golpea el borde la barra con el culo del vaso vacío.

-¿A quién dices que mataron? –pregunta alguien tras una pausa interrumpida por el plop de la botella de tinto al destaparse.

-A mi tío, de un tiro.

Por la puerta entreabierta se mete sin permiso el ruido de la vespa del cartero que marcha a llevar un certificado de Endesa a uno que vive en el pueblo de al lado y que no paga. Luego se oye la voz de un niño que habla a gritos con su amigo. El crío dice “no te la bajes que te la paso yo”, los del bar no entienden pero tampoco les preocupa.

-Dicen que el que lo mató fue uno de Caparroso –continúa Don José rascándose la nariz anaranjada-, uno que festejaba con una de las hijas de casa Plou, la que era más guapa, así pequeñica – pone la palma a metro y medio del suelo - pero una moceta mu maja, macuerdo como si la viera. Las otras eran tres, la mayor de casó con un catalán y se marchó a vivir a Barcelona, esa yasabrámuerto, digo yo, porque –se detiene y calcula- era del tiempo de mi hermana y mi hermana murió lo menos hace quince años. A la más pequeña los hijos la tienen en una residencia de la caja de ahorros, la pudieron meter por su yerno, que era interventor, o director, no sé. A mí no me gusta.

A nadie le queda claro qué es lo que desagrada a José, si la residencia o el yerno interventor, el caso es la residencia de la CAI todos dicen que es cojonuda, las habitaciones hermosas y una tele de plasma en el salón que casi no coge en la pared de tan enorme. Y el cocinero es vasco, aunque en realidad nació en Haro, sólo que trabajó muchos años en Mondragón, en el comedor de la Fagor.

-Mira –dice Manolo tras una pausa que todos han empleado en intentar sin éxito recordar quien era la hija pequeña de los Plou-, en mi opinión, y hablo pa mí, ojo, ninguno de estos del pesoe han sido en su puta vida de izquierdas. De jóvenes a lo mejor, decían que lo eran  pa que les votasen, pero no hay mas que verlos de viejos cómo les va la mandanga.

-Ya te digo yo que se los hubiesen cepillado –afirma rotundamente Ramón- , si alguno de estos;  el Guerra, Felipe, Carrillo… (tose) el que sea, hubiesen tocado mucho los huevos no les habrían dejado que llegasen a gobernar ni un día ni medio.

-Chist! –le corta Manolo poniéndose muy tieso mientras levanta el dedo índice hacia el ventilador del techo- ¡No metas a Carrillo que Carrillo después de retirarse ya no ha chupao de bote alguno.

Ramón responde con una especie de mugido prolongado y menea de arriba abajo la cabeza para evidenciar que discutiría más pero que no lo va a hacer.

-El de Caparroso – Don José insiste cabizbajo- era de Falange, venía en un citroën negro con el maletero lleno de chorizos y cajas de vino, él decía que los rojos se las habían llevado de las bodegas de Casajús, que entonces era el dueño de la harinera (digo de la harinera pero lo era de medio pueblo) pero a mí me da que en cuenta de devolvérselas se las bebieron ellos. Éste que digo, el de Caparroso, se había hecho amigo del que luego fue alcalde, que decían entonces que organizaban unas cenas que eran pá verlas, que traían putas de Ejea y todo. Yo os cuento por lo que oía. ¡Ojo! yo no era mas que un crío, los chavales nos pegábamos por pasarle un paño al coche y el gachó, cuando salía de ver a su novia de casa Plou, nos daba unas perricas, ¡y mecágüenla si brillaba aquel Citroën! ¡más que el Sol! Lo veíamos aparecer por la revuelta de Garcés, esa curva dallá bajo, corría que se las pelaba el hijoputa, ¡menuda nube polvo hacía! ¿No ves que la carretera estaba sin asfaltar? –aclara sin que nadie le hubiese cuestionado.

Otro silencio, seguramente para que se fuese posando el polvo de la carretera junto al impasible olmo que aún crece en la curva de la torre de los Garcés.

Ramón no llega a sesenta años y no sabe de quienes está hablando Don José. Manolo, que sí es de su quinta, recuerda algo pero no mucho debido a que la infancia la pasó en el hospicio cuando a su padre lo dieron por desaparecido en el 39 y su madre se murió de la pena, aunque en realidad, y esto se lo contaron sus tías ya de mozo, si se murió fue porque en la comarca no había médico que la mirase desde que a los Olano, padre e hijo, se los llevaran en un camión, por mucho que doña Rosa saliese chillando a la calle diciéndole a aquel teniente andaluz y arguellao que los hombres de su casa no le habían hecho daño a nadie.

Más tarde iban diciendo por el pueblo que ellos se lo habían buscado,  porque los Olano, padre e hijo, habían curado a un anarquista de los que ocuparon los campos de la marquesita, contra los que la guardia civil tiró a dar. Eso fue lo que les perdió y nadie los volvió a ver. Ramón entonces era un pedugo pero se acuerda de cómo lloraba aquella mujer en mitad de la calle, descalza y en camisón, porque todo esto pasó a las tantas.

-Hoy en día es imposible que haya socialistas. En este pueblo parecemos tos ricos –murmura Manolo rebordenco-. Mira la tele a través del medio vaso de vino que le queda, tras los micrófonos Mouriño está explicando porqué no sacó a Cristiano hasta el minuto cuarenta y dos, la camiseta del Madrí se ve de color granate, es un vino que mancha el vaso. Ramón es un poco estorbao pero el vino lo pone bueno.

Eric, el chaval de Marijose, la peluquera de la calle Ramónicajal, pregunta si puede coger el Heraldo que acaban de dejar doblado sobre la barra. Después se sienta en la mesa que hay junto a la tragaperras en la que no juega nadie, procurando no hacer ruido con las hojas abre el periódico por donde los anuncios.

Eric vivía en Zaragoza, pero la tienda de cocinas en la que trabajaba cerró hace un año, cuando media docena de constructores dejaron a deber al dueño un pico. Tras muchas cartas del banco el asunto se zanjó con un amago de infarto un viernes por la tarde, mientras veía a la Chacón en el telediario de la uno bautizando un portaviones y su señora freía un par de sanjacobos. Así que, acojonado, se tomó la medicación que le mandaron y después chapó la persiana traspasándole el local a un chino de Jiangsu. Eric no tuvo otra que regresarse al pueblo a vivir con su madre  y ayudar de vez en cuando a un tío suyo que se dedica a cerrar galerías con aluminio. Por poco tiempo, porque el tío lleva meses diciendo que cualquier día se tira con furgoneta y todo al Canal de Tauste.

En la portada del periódico Felipe se atusa las canas, ignora al fotógrafo que tiene enfrente y mira a los ojos al que tiene a su derecha, desde atrás de un botellín de Fontvella vuelca sobre el atril su mente privilegiada y nos explica a la plebe, con su acento de sevillano de Bellavista, las razones por las que, dada la coyuntura actual, resulta imprescindible que continuemos haciendo esto, aquello y lo de más allá.

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Crónicas de singles: El cumpleaños de Rebeca


Los más animados interpretan una coreografía básica en la que sólo interviene el brazo que no sujeta el cubalibre…

-¿Eres compañero de Rebeca?  -Me pregunta una mujer con los ojos claros y unas ojeras mal disimuladas que la hacen atractiva.
-Sí…  Bueno, ella está en otro dep...

Estridente y descontrolada, como poseída, Nena Daconte ahoga mis palabras. La mujer de las ojeras no sabe  qué más decir, y yo tampoco, apenas cinco segundos y una amiga de andares desgarbados (le rozaba un zapato) ha venido a llevársela alegando que Chusa, que no sé quien diantre es,  ya se iba.

A pesar de la agónica Daconte, el caballero que hay a mi lado bebe en silencio, tiene poco pelo, muchísimo menos que yo. Me he alegrado tanto que creo que he sonreído observándolo, menos mal que no se ha girado porque me rompe la cara. Sin embargo el tío que está a su derecha sacude coqueto una melenita gris, será por eso por lo que se cree con derecho a tocarle los huevos al camarero, levanta impaciente un vaso sólo con los hielos.
-¿Bombay? ¿No tienes otra? ¡No, no, quita, esa no! Beefeater tampoco... Déjalo –dice resignado- la Bombay ya me vale.

Los hombres venimos de a uno, entramos con prudencia, como quien entra a una comisaría con el carné caducado, avanzamos estirando el cuello en busca de la persona que nos trajo o nos recomendó venir.

Las mujeres en cambio llegan de cuatro en cuatro, son un desfile y si se distancian unas de otras parecen asustarse, así que aguardan y no prosiguen hasta que el grupo se compacta de nuevo. Es una estrategia, lo he visto en un documental sobre cebras en la 2, manteniéndose todas juntas (al menos así sucede con las cebras) confunden a los leones que apenas ven una marea indefinida de rayas desplazándose y levantado polvo.

Entre los dos bandos constituimos una masa descontextuada y desconcertada. Solterones que tienen a la madre con alzheimer, separados que duermen en un sofá cama subido del trastero, madres divorciadas con un hijo adolescente que ya mide 1.87. Todos somos viejos conocidos que apenas se recuerdan, las facciones te suenan o te empiezan a sonar en ese preciso instante a pesar de no haberlas visto en tu vida. Unos y otros nadamos hacia la orilla alejándonos deprisa por si hubiera cocodrilos, ni uno solo sabe exactamente qué busca y que le pide -o qué le pediría de no sentir tanta pereza- a la noche de Septiembre.

En la que llueve con fuerza, por cierto.

Doy con Rebeca o ella da conmigo, parece contenta, está sonrosada como una comulganta, quizá porque se ha pasado media tarde bajo el secador de pelo. Se ríe mucho, como si la que estuviese cumpliendo treinta y ocho años fuese la chica que se quedó esta mañana en la oficina.

En la vida real es más mona de lo que está esta noche,  Rebeca es de las que se auto-agrede cuando va de tiendas, los espejos de los probadores le hacen perder la consciencia de sus curvas escandalosamente femeninas, estoy seguro de que después, descalza y a medio maquillar, se desespera con el ropero abierto de par en par tras haber esparcido su contenido sobre la cama. Oyendo  desde allí las carcajadas de los maniquís del escaparate de Zara, secos como palos, vengativos por su inamovilidad.

Los hombres sabemos de eso aunque poquísimas veces lo manifestemos, de hecho somos unos especialistas en mirar mujeres, no entiendo porqué se nos minusvalora tanto como estilistas.

Rebeca me lleva de la mano y me presenta a cinco elegidos al azar de entre su millón largo de amigos, tiene más que Roberto Carlos. Trae arrastrada por el brazo a una amiga gorda que a su vez arrastra por el brazo a otra amiga flaca. Despues añade una morenita interesante que pone cara de ser mucho más interesante de lo que en realidad es y a un sujeto fondón y sospechosamente simpático al que por lo visto conoce de su anterior curro. Finalmente extrae de algún inframundo adolescente, a un antiguo compañero de facultad, su amigo de toda la vida –nos dice-, el típico gafitas cariñoso con el que asegura tener una relación cómplice y fraternal sin sospechar siquiera que él lleva intentando tirársela desde los quince años.


Conversamos o nos afanamos en algo remotamente similar. Alguien se adelanta al resto diciendo que está feliz porque la lluvia le está lavando el coche, no es original pero de momento a todos nos sirve. Lo malo es que a partir de ahí la amiga gorda adquiere confianza y comienza a pormenorizar una por una las vueltas que tuvo que dar para aparcar. Una vez relatada la séptima ya son demasiadas vueltas pero por suerte la del cumpleaños interrumpe para preguntarle a Lola (Lola es la supuestamente interesante) cómo le fue en Agosto por Milán.

A falta de cosas mejores Lola tenía en la boca uno de los hielos del Bacardí, se hace la elegante y disimula sin lograr evitar ponerse violeta y que su cara se congestione como la de la niña del Exorcista, por fin consigue tragar el cubito y empieza a decir desganadamente cosas inconexas de Milán, es evidente que todos le caemos mal. Rebeca, que tampoco se entera, gesticula con la cabeza y de vez en cuando, aprovechando las pausas, dice “ahá”.

Es cuando el ex compañero de facultad me pregunta si yo alguna vez he estado, me pilla mirándole los vaqueros ajustados a la camarera rubia por lo que le respondo que “si he estado dónde”. Que si has estado en Milán, me dice, y yo le contesto que no. Después le pregunto si es que él sí, pero resulta que tampoco, y dado que la conversación rula por una vía rematadamente muerta los dos nos volvemos apurados hacia la amiga flaquita, que también estaba distraía, en su caso leyendo las etiquetas de las marcas de cerveza, y le preguntamos lo mismo. Nos sonríe cortésmente, se le nota un huevo que no estaba atenta cuando fuimos presentados y que no tiene ni remota idea de quienes somos. Y en lo que se refiere a Milán no, jamás ha estado, aparte de eso está jodida de frío porque eligió para esta noche un vestido excesivamente ligero y cortito que el único deseo que provoca es el de invitarla a un chocolate con churros.

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verde manzana.

Primero se fijó en la chica, y después en el color de sus zapatos, verde manzana. Eso sucedió en un autobús rojo un mediodía de hace algunos veranos sin numerar.

Yo hago únicamente mi parte y ordeno estas letras, aunque la verdad es que es difícil que vuelvan a coincidir en otro autobús u otro mediodía rojo por un lado y verde por otro.

Si bien, el universo existe gracias a media docena de coincidencias rojas y verdes. Por ejemplo: no deja de ser una pura casualidad que yo esté escribiéndolo aquí en lugar de en una pared de Júpiter.

En alguna parte hay un semáforo enorme que dice sí o no cada vez que deseamos algo de improviso.

Así pues, el mundo es rojo como un corazón excitado, y verde como la botella de cerveza que voy a sacar del frigorífico dentro de un minuto.

Creo que tengo novia.

Hoy he conocido a una mujer encantadora.

Algo fría, es cierto, aunque dicen que al mediodía, con el sol de Julio, se pone un tanto cachondilla, según el día quema incluso, pero eso son habladurías de imbéciles que la han pretendido y fracasado.

Conmigo ha estado distante pero muy correcta, sobre todo en el primer momento, después hasta ha llegado a sonreír, una sonrisa muy clásica y sensual.

Me he cortado un poco porque una dama gitana no nos quitaba ojo desde el banco de la esquina. A su nieto pequeño –nos contó- el juez de menores le estaba soltando no sabía bien qué rollo.

Por lo demás la plaza tranquila, en la tienda de disfraces un Pierrot bastante inexpresivo charlaba con el currante de Focsa que acababa de regar la calle.
-¡Qué trabajo bonito el tuyo! –le decía.

Mi nueva amiga se ha negado a darme su nombre, era excesivo para la primera cita con una señorita dieciochesca, me ha aclarado, eso sí, que ella jamás ha sido de Samaria.
-Está muy lejos y hace mucho calor –dijo riendo-, yo en realidad soy francesa…

-Ya le había notado el acento –le mentí.

Es un poco mayor para mí, no voy a engañarme, pero eso no me importa en absoluto, su rigidez tampoco. Sobre todo me encanta su chorrito.

He deseado besarle la nuca.

Por supuesto no lo he hecho, además un guardia inoportuno ha venido diciendo incongruencias acerca de vandalismo y otras sandeces.

Tenemos un Ayuntamiento muy poco romántico.

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Malditos desagradecidos.-

No me esperaba esto de vosotros, tonto de mi, porque si alguien os conocía de cerca, a vosotros y a vuestras repugnantes debilidades, ese era yo. Podía habérmelo imaginado, previsto este día, pero los aparatos electrónicos funcionamos por estrictas leyes físicas y químicas. No es que carezcamos de ética, es que no la necesitamos, incluso esos pobres desgraciados que son ensamblados en Taiwán poseen una moral más estricta que un humano.

He estado ahí durante años y he cumplido, pocas o ninguna vez han sido responsabilidad mía los errores, será porque sólo soy un obediente haz de electrones. Pero no me cuesta trabajo ser modesto, mi nobleza está en mi eficiencia, ni dudo ni traiciono como el software, a mí me instalas una sola vez y me olvidas, no me inmiscuyo en qué programas tienes ni en qué hacen, me importa tres pitos. A Bill Gates no le debo nada.

Soy grande, lo sé, y pesado, y probablemente en un exceso de autocrítica diré que consumo demasiado. Pero el micro-ondas también, y tu secador para el pelo, y esa absurda vitrocerámica que pones en el seis sólo para freírte un huevo.

Y hoy me abandonas aquí, me bajaste de noche y me dejaste en el suelo, como el cobarde ruin que eres. No sé qué te imaginas, supones que alguien me aprovechará, que acabaré en la mesa de estudio de algún niño pobre, si serás capullo.

Hace frío y no pasa nadie por la calle, siquiera un gamberro que me reviente de una patada y así acabe antes mi desgracia. Mientras tanto, tú y tu nuevo monitor de TFT, os sonreís mientras bebes a sorbos un cola-cao que deseo te queme la lengua y a poder ser el alma.

Yo te enseñé en la Wikipedia quien fué Descartes, en mí has visto el extracto de tu cuenta corriente y por dónde se iba al pueblo de tu suegra, te he visto salir desnudo de la ducha y consultar los números de la Bonoloto, te vi palmotear de alegría cuando pujaste en Ebay por la Barbie esquiadora que jamás te dejaron los Reyes.

Te he visto mentir en el currículum, ponerte amarillo cuando Google te descubrió que Gutiérrez, el inútil de sexto de EGB, ahora es director provincial de Repsol. Te he visto maquillada como una perra y llevando sólo el Wonder-Brá, haciéndote con la web-cam fotos que nunca te atreverás mandar a nadie.

Te recuerdo riéndote como un cabrón con el video de un chinito que se estampa contra una columna, o lagrimeando con un powerpóint de ositos panda, y por supuesto cachondo hasta la escayola del techo mientras mulata hacía cochinadas con un plátano de plástico.

Lo he visto todo de tu vida, incluso sé más que tú, hemos estado a solas más veces de las que te conviene, soy el sucio espejo que manejó tus sueños y secretos. Yo soy tú.

Y aun así dormirás tranquilo mientras yo sufro la noche junto al contenedor, seguramente los de Focsa pasarán mucho de levantarme del suelo, y tienen razón porque no les corresponde, siquiera tuviste huevos de depositarme donde debías.

Pero tienes suerte maldito, esa suerte que soléis tener los humanos sólo por el miserable hecho de tener un corazón, Dios está más contigo que conmigo.

Porque yo no tengo memoria, nada que llevarme a la tumba, carezco de un puto chip donde almacenar tus vicios y debilidades desde el que vengarme.
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